domingo, 2 de enero de 2011

La chica del otro lado del espejo


Recuerdo la primera vez que pasó. Fue en Brighton. Fue la primera vez que la vi, es decir, que me vi. Recuerdo qué camiseta llevaba: una verde, con la espalda al aire, y cómo iba maquillada: con los ojos pintados del mismo tono verde que la camiseta. Recuerdo que estaba en el baño de la habitación de abajo, me habían cambiado a ésta porque era más grande, y que me iba a recoger el pelo porque ese día hacía muchísimo viento. Pero lo que más recuerdo, fue el impacto, la sensación de mirarme al espejo y decir, ¿Quién es? ¿Soy yo? ¿Qué ha cambiado?. Me veía diferente y no sabía el porqué. Obviamente seguía siendo la misma persona, pero algo hacía que me viese distinta. Qué era, o qué es, no es fácil de explicar. Supongo que el hecho de comenzar a tener un poco de independencia, de tener que cuidar de mí misma fuera de casa tendrá algún tipo de relación.

No era algo de lo que me diese cuenta normalmente, hacía falta un espejo, ese del que tantas veces he hablado o escrito, un espejo que me dejase verlo, que me devolviese un reflejo diferente al que yo recordaba. Y no, claramente no estoy hablando de un cambio en el corte de pelo, o una blusa nueva que te favorece. Estoy hablando de notar algo diferente en mi misma, pero tan diferente que se reflejaba en el exterior.

Alguna vez después de volver de Brighton volví a sentirlo, quizá una o dos veces en los siguientes meses, y después… ¿y después? Desapareció.

Bastante tiempo pasó hasta que volví a tener esa sensación. Esta sensación. De vez en cuando me sorprendía por las mañanas en Perugia, como un gracioso saludo del mundo, que me animaba a sonreír bajo el manto helado de la ciudad. Y lo conseguía.

Pero no fue hasta que llegué a La Coruña por Navidad cuando lo noté en toda su esencia. Quizá porque tanto Brighton como Perugia son lugares lejanos, donde llevo otro estilo de vida y puede que hasta un nuevo modo de verla, donde las cosas, sin ser efímeras, son temporales, y esto genera una sensación de libertad y de aprovechar el momento mayor que al estar en casa. Como iba diciendo, no fue hasta que regresé a casa cuando lo sentí de verdad. Al llegar del aeropuerto, después de un largo día de viaje, casi 12 horas, fui a lavarme un poco la cara y las manos, y allí, en ese espejo donde me he visto cada mañana durante casi 20 años de mi vida, nos volvimos a encontrar. Ella y yo. Ella y ella. Yo y yo.

Sonreí al verme, ¿cómo no hacerlo? Me vi tan feliz, tan cercano, y tan distinta en mi propia casa. Mucho más claro que la primera vez. Mucho más real, más estable. Cada mañana me levantaba y me cogía por sorpresa volver a verla. Pero eso solo duró unos días. Rápido se acostumbra una a los buenos cambios, a esos que te hacen sentir bien.

Siento paz dentro de mí. Quizá sólo es un cambio de actitud, es más, seguro que sólo es un cambio de actitud, pero es el cambio de actitud que necesitaba.

No sé cómo ni cuándo llegó. Será cierto eso de que las cosas llegan cuando menos te lo esperas, cuando dejas de buscarlas. Porque por mucho que busqué esto, durante meses, durante años, jamás supe qué hacía falta para encontrarlo, y un día, sin más, ahí estaba.

Hola chica del otro lado del espejo, encantada de conocerme, y feliz 2011.

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